El Adviento y la Confesión

En Adviento somos invitados a prepararnos a la Navidad. Navidad, cada año, es la gracia renovada que nos hace Dios: la gracia de la venida de su Hijo, para que le acojamos plenamente en nuestra vida.
Una de las cosas que más nos ayudará a una Navidad vivida en profundidad es convertirnos a Cristo y reconciliarnos sacramentalmente en este tiempo de Adviento. De modo que nuestra oración “Ven, Señor Jesús” vaya acompañada por la decisión “Voy, Señor Jesús”.
El propio Papa Francisco recordó en audiencia pública que confesarse debe ser algo normal en la vida de todos los cristianos. No podemos dejar que la vergüenza nos aleje del confesionario. No tiene razón “el que dice que se confiesa directamente con Dios”, ya que es necesario recibir el perdón a través de un hombre, el sacerdote
Tenemos que recordar que Dios siempre escucha, Dios siempre perdona, Dios siempre espera al pecador arrepentido y le quiere acoger y transformar.
Os dejo, como siempre, un poco de material para preparar una buena confesión en tiempo de Adviento.
Oración preparatoria
Padre Santo. Renueva en mí la gracia de una santa Navidad, para que tu Hijo entre de veras en mi vida. Que me llene de su luz. Que me libere de todo mal y de todo pecado. Que me ayude a vencer el egoísmo y las debilidades que hay en mí.
Transfórmame, Señor. Concédeme la gracia de la conversión interior. Abre mis ojos para que sepa descubrir y reconocer el mal que he hecho. Ayúdame a celebrar bien este Sacramento, para que pueda vivir en la alegría y la esperanza de tus hijos. Te lo pido por Cristo Jesús, tu Hijo y mi Hermano.
Lectura del Evangelio de San Lucas
Vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos, que se eleven los valles, que desciendan los montes y colinas, que lo torcido se enderece, que lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios”.
Examen de conciencia a la luz del Evangelio
 
Mi relación con Dios
¿Está mi vida centrada en Dios como valor supremo? ¿Le reconozco como Padre y confío en él? ¿Cuido mi salud espiritual, mi crecimiento y maduración en la fe? ¿Cuándo celebré por última vez el sacramento de la Reconciliación? ¿Rezo cada día, y con actitud filial para con Dios? ¿Leo la Palabra de Dios, sobre todo los evangelios, para orientar continuamente mi vida? ¿Participo en la Eucaristía del domingo, el día del Señor, y la valoro como fuente y motor de mi vida cristiana?
Mi relación con los demás
¿Cuál es mi actitud para con los demás? ¿Trato bien a mis familiares, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo? ¿Hago lo posible para que reine el amor y la comprensión? ¿Me encierro en mí mismo y hago imposible el diálogo? ¿Practico la justicia y la caridad, respetando los derechos de los demás? ¿Tengo buen corazón, soy tolerante, capaz de perdonar y ayudar a todos? ¿Amo a la Iglesia, a pesar de sus imperfecciones? ¿Colaboro en los trabajos de mi comunidad parroquial o religiosa? ¿Doy buen ejemplo a los demás, o les he escandalizado alguna vez?
Mi relación conmigo mismo
¿Cómo me porto conmigo mismo? ¿Sé hacer autocrítica, reconociendo mis fallos, o estoy en constante actitud de crítica a los demás? ¿Me creo justo, como los fariseos, o reconozco la necesidad que tengo de conversión y perdón? ¿Cumplo mis deberes en el trabajo, en la vida de familia, en la comunidad? ¿Soy fiel a las promesas del matrimonio, de la vocación sacerdotal o religiosa? ¿Domino mi genio, mi tendencia a la envidia? ¿Respeto mi cuerpo y el de los demás? En este tiempo de Adviento, ¿me he abierto a la gracia de Dios y procuro vivir con esperanza y alegría mi fe cristiana? ¿Me acuerdo de la Virgen María, la Madre del Señor, y me apoyo en su amor materno para tener ánimos en la vida?
Para finalizar os dejo esta Acción de Gracias que podéis realizar, en un momento de oración, después de recibir el Sacramento.
Dios omnipotente y misericordioso, que no abandonas al pecador sino que lo acompañas con amor de Padre. Tú enviaste a tu Hijo al mundo para vencer, con su muerte salvadora, el pecado y la muerte y para devolvernos la vida y la alegría. Tú has derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones para hacernos hijos y herederos tuyos. Te doy gracias por tu amor y tu misericordia y te alabo, junto con toda la Iglesia, por el perdón que me has concedido. Ayúdame a vivir como hijo tuyo, según el estilo de Jesús. Concédeme, a mí y a todos, la gracia de una santa Navidad, como la que vivió la Madre de tu Hijo, la Virgen María.
Amén.

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