DON BOSCO – HOMBRE DE CARIDAD

En el tercer día del Triduo en honor de San Juan Bosco (20:00 h – Iglesia Santuario de María Auxiliadora), continuaremos profundizando en la espiritualidad de nuestro Titular. Concretamente conoceremos a Don Bosco como hombre de caridad.
Hombre de caridad 
Dios es amor, nos ama y nos propone un camino de amor: el primer mandamiento consiste en amar a Dios con todas nuestras fuerzas, y el segundo el amor al prójimo. El amor es el mandamiento nuevo y característico que nos dejó Jesucristo: por el amor conocerán que somos sus discípulos. Don Bosco fue un hombre lleno de amor.
Amor a Dios: caridad teologal. Don Bosco amó intensamente a Dios y expresó este amor con el ansia y el deseo de que Dios fuera más conocido, servido y amado por todo el mundo; con su preocupación constante por la gloria de Dios y los intereses de Dios; con su celo por la salvación de las almas; y finalmente con su horror por la ofensa de Dios.
Amor al prójimo: caridad pastoral. En Don Bosco el amor a Dios (la caridad teologal) iba de la mano con el amor al prójimo. Don Bosco estaba entusiasmado por el ansia salvadora de Cristo Buen Pastor, apóstol del Padre, consumido por el celo de su casa. Es particularmente sensible a Cristo que predica, que ayuda a los necesitados, que anuncia la salvación de Dios, que recorre ciudades y pueblos para hacer llegar a todos el Reino de Dios. La caridad pastoral de Don Bosco nacía de la fe y era sensible a la realidad. Su ardiente deseo era no sólo reunir a los muchachos de Turín y sus alrededores, sino a los de todas las naciones de la tierra, cristianos y paganos, católicos, cismáticos y herejes, salvajes e incivilizados y dar a conocer a todos el verdadero Dios y a su Hijo Jesucristo. Su caridad no debía conocer límites. Don Bosco se entregó totalmente al bien de los demás y lo entregó también todo. Ninguna dificultad, ningún problema, ningún sacrificio hacían desistir a Don Bosco de hacer el bien. Poseída la constante disposición a someterse a cualquier trabajo, por grave que fuera, cuando se trataba de ayudar a un necesitado de socorros espirituales. Don Bosco busca, pide, inventa, multiplica iniciativas, emplea todos los medios para poder realizar su apostolado, para asegurar la asistencia de los chicos al Oratorio, para hacerles el bien y para que estuvieran contentos. Por último cabe destacar que Don Bosco no tenía miedo de plantear claramente temas espirituales, de afrontar la situación religiosa de las personas, de preguntar por la frecuencia sacramental.
Amor a los hermanos: caridad fraterna. Don Bosco practicaba y recomendaba el amor fraterno. Trataba a todos con delicadeza, urbanidad, bondad y amabilidad; evitando las críticas y murmuraciones. Se interesaba por la salud, el trabajo, la familia de los hermanos y en ningún momento conservaba rencor. Sabía perdonar a quienes le habían ofendido, o faltado al respeto, o hecho algún mal. Recomendaba el amor fraterno, basado en el Nuevo Testamento, como expresión de garantía de unidad, como apoyo y estímulo a la labor misionera y como estilo de animación y gobierno. Don Bosco no se andaba en teorías ni se perdía en palabras. Practicaba y proponía un amor fraterno muy concreto y realista; sencillo, cotidiano y eficaz. Para él el amor fraterno debía estar basado en los siguientes principios: soportar los defectos, no molestar ni ofender, compartir las penas y problemas, ayudar a los demás, no hacer mal a nadie, avisar a los negligentes y a los que están en peligro, corregir con bondad, perdonar, evitar las envidias y rencores, compartir las alegrías de los demás, no quejarse de los demás, ni hablar mal de ellos, no criticar lo que hacen los otros, apoyar las iniciativas de los demás; y por último, no recordar las injurias recibidas.
“La motivación profunda y definitiva de la acción de Don Bosco es clara -escribe P. Braido-: es el amor religioso a Dios y al prójimo que mana inmediatamente y coherentemente de su fe católica y de su vocación sacerdotal”.

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